temporal

Una primavera pasada por agua y los fortísimos vientos procedentes de África habían llevado a aquel velero a encallar en la playa. Dado la vuelta, con su casco azul añil, parecía un cetáceo varado en la arena. “No hay nada que hacer si te pilla el temporal”_decían algunos_”un capitán sin motores, y viento en contra sabe su destino fatal”. A aquellas costas del estrecho, donde los pueblos son de azucar y el mar omnipresente, habíamos decidido escapar para siempre de la tiranía gris centroeuropea. Nuestra morada, una antigua casita de pescadores, reformada con melancolía de emigrantes, la habíamos llenado de papeles y objetos minimalistas, con el ansia inconfesada de ver reflejada en ella una historia blanca y emotiva.

Un lugareño me confesaba a altas horas con voz aguardentosa, en la taberna de la plaza, que el barco de la playa no tenía bandera, que no había rastro de la tripulación y que por eso ningúno de los habitantes de la villa se habían atrevido siquiera a acercarse a la nave. Visible desde todos los puntos del pueblo, la embarcación estaba  siendo objeto de multitud de leyendas. ¡Qué fantasiosos son aquí!

Esa misma noche me armé de valor y marché a la hazaña: exclarecer los hechos. Bajé a la playa y caminé por la arena hacia la mole. Cuando llegué, iluminé el enorme casco con mi linternilla y descubrí unos grandes caracteres negros cerca de proa. Una frase en alemán, ilegible por la acción del mar. No era una matrícula, ni tampoco el nombre del barco, de eso estoy seguro. Era el fragmento de un poema. De Brecht? Creo que sí. El viento se hizo insoportable. De nuevo el temporal. A duras penas volví a casa.

Amaneció y el barco ya no estaba allí. Pasó hace poco, nunca ví algo igual.

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Lekeitio

Lekeitio era antaño un pueblo de pescadores, un grupo de casas de piedra  reparadas del mar en una bahía afortunada, protegida de los embites del mar cantábrico. La isla de San Nicolas, un gigante petreo, salvaje y despoblado, parte por la mitad la bahía formando dos ensenadas y es la encargada de bajar los humos al potente oleaje. Al este, queda una playa de arena ocre y tersa, en cuyas inmediaciones se encuentran los hoteles. A oeste se encuentra el puerto, donde se asienta el citado caserío cuyas callejuelas parecen haber sido labradas en la montaña.

Hoy, tansólo dos barcos pesqueros salen a faenar del puerto de Lekeitio. En cambio, cuenta este pueblo con unos servicios y un sector turístico considerables que parecen estar en plena expansión. Es lógico: Lekeitio regala la belleza inigualable de sus empinadas calles, de su puerto y de su ondulado paisaje a todo aquel que se aventure a llegar aquí, venciendo los tres cuartos de hora de reviradas carreteras de montaña que la separan de Bilbao.

He tenido la suerte de llegar a estas costas a encontrar a un amigo y su familia. El ha nacido y se ha criado aquí. Habiéndolo conocido hace años en Alemania, al oirlo hablar de su pueblo en aquella cervecería que nos gustaba tanto, la carbonería de Landshut, parecía el estar invocando a los dioses, hablando del origen de todas las cosas.

Ahora que he pasado unos días con el, su novia y su padre en Lekeitio, comprendo su ligadura con este pedacito de mundo. La energía del mar, el viento constante, la frescura de las mañanas de este paisaje verdísimo, la potencia de una arquitectura sencilla enfrentada a los elementos.

Desayunando en el puerto de Lekeitio, rodeado de mis amigos y riendo, el alma se me expande y las olas me lavan por dentro. En estos tres días, en este pequeño pueblo, he recuperado un trozo de mi.

(Gracias por ello Y, Aida, U y JL)

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otoño del diecisiete

Hace unas semanas terminaba el verano -curiosa estación que promete siempre, pero cuya saturación me hace menospreciar el valor de los colores-. Es ahora, en el ecuador del otoño, cuando accedo a una percepción nítida.

Por septiembre jugaba casi a diario a descubrir el azul perfecto en la amanecida. Despertaba y desde la cama observaba el tercio superior de la ventana, viendo al añil retroceder hacia un ceruleo amarillento. Justo en el medio, al minuto, ese azul perfecto con un punto púrpura aparecía de repente y yo soñaba con detenerlo. Qué puro e intenso, que perfecto y lleno. Puro e inalcanzable. Este fue el primer verano que vi amanecer casi a diario y en el que me apasioné a las primeras luces del día.

Ahora ya no hay albas así, las campanas siguen griando en su platónica llamada, pero el azul es un lujo de capas más altas de la atmósfera. O de un meridión también platónico que soñamos reconquistar.

En los noviembres transalpinos un gris ceniciento penetra las calles y las plazas de madrugada: una niebla plomiza y espumosa que sabe asustar. Es como un traje de chaqueta gris impuesto a la ciudad, el cual parece legitimar la dureza de carácter de sus habitantes. Es el traje de todos los santos, con el que se va al cementerio. No es dureza quizás la de los landshuter, es desazón y pánico de perder la plenitud estival. Qué frágiles y tristes somos en realidad: una cuadrilla adicta al megapixel y el consumo electrónico que no sabe alegrarse cuando se humedecen los campos.

Hoy me puse mi boina y un jersey verde militar y recorrí la calle. El aire fresco no hace tanta pupa después de un rato, más bien al contrario, refresca las ideas. Miro las puntas de mis zapatos marrones -aquellos camper que me regaló mi madre a los quince- sobre el asfalto, cuento algunas monedillas en los bolsillos de mi abrigo gris. Avanzo un poco y veo aquellos castaños enormes, los del Biergarten de la esquina. Buscaba un nuevo color del que enamorarme este otoño y lo he conseguido.

Los pájaros bravíos no dejan de volar y hacer sus acrobacias de un lado a otro de la Straße. Qué pensarán del otoño estos respetables señores alados vestidos de negro?

 

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Partida

El día de hoy ha comenzado al las cinco de la mañana. Sin necesidad del despertador y probablemente por la sola emoción de emprender hoy viaje, he abierto los ojos sin esfuerzo alguno. En el mundo subacuático de debajo del edredón me he revuelto un par de veces aun y tras asomar la nariz y respirar un trago del aire frío de la estancia, he salido de la cama. Las habitaciones del piso de la abuela, totalmente en penumbra y solo iluminadas ahora por la luz naranja de las farolas de la calle y los semáforos, me han guiado hacia la cocinita por enésima vez estos días.

El café a punto de salir y la radio cuchicheando en una fresca madrugada cordobesa han dibujado un nuevo despertar con mi familia en la avenida de Barcelona. Es tan temprano que “ni siquiera el Marco ha abierto todavia”

Este año vinimos a casa en furgoneta. Y en furgoneta hemos emprendido hoy viaje de vuelta al norte de nuevo. Maletas, deliciosas viandas ibéricas, algún sombrero y esta vez, o mejor dicho otra vez, una moto de trial en la bodega son nuestras preciadas mercancías.

Tras un re-ordene del almirante Luque, que se soñó esta noche navegante frente a las costas de Cádiz, todo ha encontrado su justo sitio en el maletero-habitáculo (nuestra furgoneta es como se sabe un “vehículo mixto”). De madrugada las maletas son objetos tristes e inertes que quieren frenar el tiempo y con su mutismo parecen decir: “no es mi culpa si peso tanto”

Solo una carrera arriba más:

Despedirnos hoy de la abuela, que estaba despierta en la cama, ha sido el cierre más dulce a estos días maravillosos en su casa. Con su beso en la mejilla he sentido la fuerza de un guerrero. A la vez el corazón me pesaba con nostalgia de tres siglos cuando cerraba detrás de nosotros la puertecita de su cuarto…

El silencio era total cuando abandonábamos Cañero. Ante nosotros la carretera extensa y Andalucía.

 

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18 julio (1)

Hoy visitamos Siracusa, uno de los motivos por los que decidimos venir a Sicilia y de hecho la imagen que más se repetía en nuestra mente este invierno cuando aun quedaban varios meses para comenzar el viaje.

El lío de carreterillas mal señalizadas para incorporarse a la autopista A-18 en sentido norte hacia Catania nos ha obligado a hacer gran parte del camino a Siracusa por la carretera nacional. Hemos circunvalado Avola, atravesado la campiña sin prisa y llegado hasta Cassibile donde esta vez si, nos hemos podido incorporar a la highway siciliana. Desde la poltrolna opelina, han discurrido veinte minutos muy placenteros a nuestra vista, que ya está acostumbrada a esta composiciones paisajísticas: el mar como protagonista es omnipresente e infinitamente azul. En la vega costera los pueblos pardos se atiborran de sus brisas  laminadas. Este aire, lienzo fresco, se rotura a si mismo en los tejados rojizos. A las afueras de estos urbanismos díscolos, jalonados por meandros secos, se descubren cada tanto casitas aisladas en la campiña. Algunos torreones se yerguen someramente sobre las manchas de olivar me hacen imaginar noches de luna llena y quietud estiva, oteando la madrugada. En la autopista nuestro coche, lanzado a cuarenta metros por segundo es ajeno a todo esto. Como un escarabajo metálico infatigable avanza a golpe de innumerables pistonadas por segundo. Su corazón mecánico de altísima compresión nos propicia además una temperatura de hotel continental dentro del habitáculo: un puntito arrogantemente más frío de lo necesario. Vamos subidos a un viaducto sin fin en el que no se siente la topografía: la duna, la loma, el escarpe, que son la musculatura de la tierra y la generatriz de todas las vías. La carretera de comarcas se pega a la tierra construyendo puentes de hierro sobre los ríos y afanándose en épicas escaladas a las serranías. Esta autopista de varios carriles doblega al bodegón siciliano, lo perfora con dinamita en largos túneles y lo rinde bajo los pilones de enormes puentes de centenares de metros, que sin embargo no tienen nombre. Una ignominia ciertamente.

Al ver el cartelón que indica la salida a Siracusa, ponemos el intermitente a la derecha y respiramos profundamente para afrontar de nuevo el reto de penetrar en una urbe siciliana. La facilidad de la autostrada debe dar paso a un tráfico de colmena en hora punta. Demasiado asustadizos fuimos con Siracusa me parece: hemos tenido mucha más suerte de lo que pensábamos y en tansólo un pocos minutos hemos podido aparcar a cubierto al norte de Ortigia, el pecio de tierra donde se encuentra el centro histórico de Siracusa. Atravesando el ensanche siracusano me han fascinado las manzanas de Corso Umberto I, de solo dos o tres alturas pero muy amplias. Los espléndidos edificicos mucho más anchos que altos, como cuarteles militares, me han sugerido que se trata originariamente de una estructura urbana con menos propietarios, ávidos de colmatar ciudad (construir fachada) pero sin muchos fondos. Eso le da el aspecto un poco de ciudad colonial, o población de reconquista que también tienen algunos pueblos de la vega del Guadalquivir. La estampa de pueblo grande se confirma en sus inusualmente generosas aceras, que son mucho más disfrutables que las de cualquier ciudad y que aquí están arboladas con adelfas rosas y blancas. Las bonitas pasterlerías un tanto de otra época y algún tallercito de motos con la persiana metálica a medio abrir motean esta trama urbana encantadora.

Bautizamos el inicio de nuestra visita con grandes Morettis frías y mientras yo hago algunos croquis en la libreta. Estamos en la Piazza di Archimede y acaba de sonar el reloj dando las doce del mediodía. Disfrutamos de la sombra y el frescor antes de acometer el registro de la bella Ortigia. Desde esta terraza en los bajos de un palacio catalán (creo), divisando la fontana di Artemide, voy captando las primeras rimas de Siracusa: un albañil que discute con una monja desde su andamio moviendo mucho las manos  y un gato que come restos pizza en un callejón. De camino al baño un camarero vestido al estilo clásico de los años veinte me ha dicho que soy la viva estampa de un mosquetero. “Ya somos dos” le he dicho yo aplaudiendo su bigote de chaplin…muy prometedora comienza Siracusa diría yo…

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17 julio (2)

Echamos la tarde en la playa más meridional de sicilia, que estaba llena de gente y que me recordó a una uña de pie encarnada: un arco dulce y sólido que colisiona con un pequeño macizo ofendido y rojizo. Instalamos con una rutina casi castrense el improvisado campamento y dejamos que la tarde de sol nos devore la piel. Horizontalidad y lectura, mar, brisa ligera y panorámicas que prometen África. Es imposible verla y sin embargo embriagado de tarde y solidaridad playera proyecto en mi mente un ponticello para que vengan los africanos aquí… y sobretodo para que puedan volver por la noche a casa si les da la gana…

Prosigue nuestra reposada vacación y disfruto con las muestras de cariño de nuestros queridos C+C en un mar verdísimo y fresco, ajenos al mundo. Se han atrevido incluso a atravesar a pie el istmo que une Sicilia con la minúscula Isola delle Correnti: travesura que nos narran mientras volvemos a casa en el astra.

Mucha arena hay ya en mi mochila y la mayoría de nuestras bromas se refieren a las anécdotas ya vividas en el periplo siciliano. La sensación de haber llegado aquí nos domina por completo e incluso imitamos su dialecto atrastrado y lánguido. Echo de menos mi Catania platónica tanto como mi Córdoba uterina.

 

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17 julio (1)

Despertamos tarde hoy en la pequeña villa al fondo de una calle del lido de Noto donde nos alojamos estos días. La  viviendita, de dos plantas y realzada más de dos metros con respecto al nivel de la calle, lo que le confiere unas vistas extraordinarias al mar, está adosada a otra. Esta última es un poco desafortunada en orientación y vistas pero está habitada intensamente por una familia cuyos miembros parecen ser profesionales del veraneo: su moreno es del color del papel de hornear, los son niños gritones y combativos (o respondones al menos) y sus tres comidas diarias en la terraza las despachan con interminables y banales sobremesas. Suelen terminar con polémica y carrera del padre, que corre como un cangrejo para zurrarle a los nenes. Es facil darse cuenta que esta familia veranean desde hace años aquí. Nuestra pequeña morada, por el contrario se nota ocasionalmente habitada y espartana en sus muebles, pero en cierto modo tiene el carácter de refugio discreto y sin pretensiones que habíamos deseado. Huele bien, hay sábanas limpias, ducha caliente y unas vistas de ensueño. Qué más cabe desear?

Nuestro adosado forma parte a su vez de una promoción de casitas contruídas hace quince años aproximadamente y al interior de cuyas verjas brilla verdísimo el cesped, regado puntualmente por los aspersores que liberan silbidos de agua al caer la noche. Cincuenta centímetros allende las tullas, la arena moldea graciosamente unas dunas que después de la fresca madrugada me apetecería ahora pisar mucho más que la hierba. El tema de estas casitas de vacaciones son sus terrazas orientadas al mar y que están cerradas delicadamente por barandillas de rejería ligera en forma de equis, como las butacas romanas. El pilar de esquina, situado casi en el centro de la terraza y que posibilita generosas ménsulas, le da una dimensión centrípeta (acogedora) e incluso arcaica al espacio, que es cúbico y sin duda el mejor de la casa.

En este lugar desayunamos esta mañana, después de que la fracción ibérica se acercara a comprar zumos, leche y algún pastelillo al mimimercado de la esquina. Ya habíamos dejado generosas sumas ayer a la pareja de hermanos que regentan el mercadito, que por cierto se llama “on the road” y hoy fuimos más selectivos en nuestras compras: a parte de lo mencionado nada de derroches, solo pan y un melón muy vistoso que elegimos tras cavilar un rato. La prima colazzione ha sido pausada pero muy organizada y centrada en planificar las visitas de hoy: Marzamemi y la zona de Pachino e Isola delle Correnti, la punta más meridional de Sicilia.

Dicho y hecho. Nos hemos montado en el coche y hemos recorrido muy tranquilamente los pocos kilómetros de distancia hasta Marzamemi. La superstrada dejaba a ambos lados y a una distancia de entre cien y quinientos metros los volúmenes sencillos de los edificios de explotación agrícola: tomates, vino, lechuga y también algún hotel rural, que en Italia se conocen como agriturismo. En el estupendo equipo de audio del Opel escuchamos la música francesa del USB que han preparado Clara y Ciaran para el viaje: suenan canciones de los años setenta cargadas de poesía que nos inspiran a todos, pues los acordes de la guitarra española son dulces, rubios y con recovecos como el paisaje que nos rodea. Unas voces jóvenes hablan de libertad, amor y justicia y son optimistas con el futuro sabiendo que todo lo malo terminará con el siglo veinte como mucho…Bendita ilusión!: hace cuatro días han muerto ochenta y cuatro personas atropelladas por un camión en Niza conducido por un fanático. Violencia humana, terrorismo cutre sin ideología alguna pero igualmente letal: sospecho que precisamente esa falta de ideal y organización de estos pobres desgraciados, iluminados de absurdo y muerte, hace a nuestro mundo de actual todavía más incomprensible, medieval y azaroso. Quién podría dar su vida voluntariamente a costa de un régimen que promete menos justicia, menos libertad y menos paz sino un loco?

Paseando por Marzamemi nos sorprenden la tranquilidad de su calle principal y el aspecto caribeño de su paseo marítimo. Decenas de almacenes portuarios abren su puertas de chapa repintada a la estrecha y larga calle que conduce de sur a norte al centro histórico. Bella estampa la de los pesados portones coloreados como los barcos, que contrasta con la quieta penumbra  de los volúmenes que se esconden tras ellos. En el interior hay bancas de madera con los manjares de la tierra y el mal y trás ellas otro portón abierto que deja paso a una rampa que se hunde en el mar. Los barcos y barcazas duermen bajo el sol, meciéndose mansamente o varados en la playa mientras nosotros los observamos.

Seguimos andando hasta llegar a la plaza principal, que es espaciosísima y está pavimentada de piedra blanca. Brilla tanto bajo el sol de mediodía que nos es dificil observar los hermosos edificios que la delimitan: todos volúmenes bajitos y bien definidos, pequeñas cubiertas a dos aguas de teja árabe, con deliciosas ventanitas horadando las fachadas (antiguas casas de pescadores). Se aprecia una enorme homogeneidad no solo volumétrica sino en el material, que es solo uno, el mismo del pavimento: la piedra arenisca del lugar. Incluso la iglesia se adscribe a este orden sucinto y su pequeño campanario solo se alza un par de metros por encima de la techumbre del templo. Remarcable en la plaza es la presencia del palacio de Villadorata, que ofrece una amplísima terraza y a través de cuyo arco de entrada se divisa un patio con higuerones centenarios. Debajo de una parra paramos a tomar un refrigerio y pedimos como americanos dos bebidas para cada uno: limonada y prosecco en mi caso, más limonadas y camparis para los demás. Callados y contemplativos, acariciados por la brisa, consumimos nuestras bebidas, haciendo dibujillos con la pajita en la espesa y grumosa limonada.

En Marzamemi (puerto pequeño en árabe) la vida puede ser maravillosa…

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