Partida

El día de hoy ha comenzado al las cinco de la mañana. Sin necesidad del despertador y probablemente por la sola emoción de emprender hoy viaje, he abierto los ojos sin esfuerzo alguno. En el mundo subacuático de debajo del edredón me he revuelto un par de veces aun y tras asomar la nariz y respirar un trago del aire frío de la estancia, he salido de la cama. Las habitaciones del piso de la abuela, totalmente en penumbra y solo iluminadas ahora por la luz naranja de las farolas de la calle y los semáforos, me han guiado hacia la cocinita por enésima vez estos días.

El café a punto de salir y la radio cuchicheando en una fresca madrugada cordobesa han dibujado un nuevo despertar con mi familia en la avenida de Barcelona. Es tan temprano que “ni siquiera el Marco ha abierto todavia”

Este año vinimos a casa en furgoneta. Y en furgoneta hemos emprendido hoy viaje de vuelta al norte de nuevo. Maletas, deliciosas viandas ibéricas, algún sombrero y esta vez, o mejor dicho otra vez, una moto de trial en la bodega son nuestras preciadas mercancías.

Tras un re-ordene del almirante Luque, que se soñó esta noche navegante frente a las costas de Cádiz, todo ha encontrado su justo sitio en el maletero-habitáculo (nuestra furgoneta es como se sabe un “vehículo mixto”). De madrugada las maletas son objetos tristes e inertes que quieren frenar el tiempo y con su mutismo parecen decir: “no es mi culpa si peso tanto”

Solo una carrera arriba más:

Despedirnos hoy de la abuela, que estaba despierta en la cama, ha sido el cierre más dulce a estos días maravillosos en su casa. Con su beso en la mejilla he sentido la fuerza de un guerrero. A la vez el corazón me pesaba con nostalgia de tres siglos cuando cerraba detrás de nosotros la puertecita de su cuarto…

El silencio era total cuando abandonábamos Cañero. Ante nosotros la carretera extensa y Andalucía.

 

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18 julio (1)

Hoy visitamos Siracusa, uno de los motivos por los que decidimos venir a Sicilia y de hecho la imagen que más se repetía en nuestra mente este invierno cuando aun quedaban varios meses para comenzar el viaje.

El lío de carreterillas mal señalizadas para incorporarse a la autopista A-18 en sentido norte hacia Catania nos ha obligado a hacer gran parte del camino a Siracusa por la carretera nacional. Hemos circunvalado Avola, atravesado la campiña sin prisa y llegado hasta Cassibile donde esta vez si, nos hemos podido incorporar a la highway siciliana. Desde la poltrolna opelina, han discurrido veinte minutos muy placenteros a nuestra vista, que ya está acostumbrada a esta composiciones paisajísticas: el mar como protagonista es omnipresente e infinitamente azul. En la vega costera los pueblos pardos se atiborran de sus brisas  laminadas. Este aire, lienzo fresco, se rotura a si mismo en los tejados rojizos. A las afueras de estos urbanismos díscolos, jalonados por meandros secos, se descubren cada tanto casitas aisladas en la campiña. Algunos torreones se yerguen someramente sobre las manchas de olivar me hacen imaginar noches de luna llena y quietud estiva, oteando la madrugada. En la autopista nuestro coche, lanzado a cuarenta metros por segundo es ajeno a todo esto. Como un escarabajo metálico infatigable avanza a golpe de innumerables pistonadas por segundo. Su corazón mecánico de altísima compresión nos propicia además una temperatura de hotel continental dentro del habitáculo: un puntito arrogantemente más frío de lo necesario. Vamos subidos a un viaducto sin fin en el que no se siente la topografía: la duna, la loma, el escarpe, que son la musculatura de la tierra y la generatriz de todas las vías. La carretera de comarcas se pega a la tierra construyendo puentes de hierro sobre los ríos y afanándose en épicas escaladas a las serranías. Esta autopista de varios carriles doblega al bodegón siciliano, lo perfora con dinamita en largos túneles y lo rinde bajo los pilones de enormes puentes de centenares de metros, que sin embargo no tienen nombre. Una ignominia ciertamente.

Al ver el cartelón que indica la salida a Siracusa, ponemos el intermitente a la derecha y respiramos profundamente para afrontar de nuevo el reto de penetrar en una urbe siciliana. La facilidad de la autostrada debe dar paso a un tráfico de colmena en hora punta. Demasiado asustadizos fuimos con Siracusa me parece: hemos tenido mucha más suerte de lo que pensábamos y en tansólo un pocos minutos hemos podido aparcar a cubierto al norte de Ortigia, el pecio de tierra donde se encuentra el centro histórico de Siracusa. Atravesando el ensanche siracusano me han fascinado las manzanas de Corso Umberto I, de solo dos o tres alturas pero muy amplias. Los espléndidos edificicos mucho más anchos que altos, como cuarteles militares, me han sugerido que se trata originariamente de una estructura urbana con menos propietarios, ávidos de colmatar ciudad (construir fachada) pero sin muchos fondos. Eso le da el aspecto un poco de ciudad colonial, o población de reconquista que también tienen algunos pueblos de la vega del Guadalquivir. La estampa de pueblo grande se confirma en sus inusualmente generosas aceras, que son mucho más disfrutables que las de cualquier ciudad y que aquí están arboladas con adelfas rosas y blancas. Las bonitas pasterlerías un tanto de otra época y algún tallercito de motos con la persiana metálica a medio abrir motean esta trama urbana encantadora.

Bautizamos el inicio de nuestra visita con grandes Morettis frías y mientras yo hago algunos croquis en la libreta. Estamos en la Piazza di Archimede y acaba de sonar el reloj dando las doce del mediodía. Disfrutamos de la sombra y el frescor antes de acometer el registro de la bella Ortigia. Desde esta terraza en los bajos de un palacio catalán (creo), divisando la fontana di Artemide, voy captando las primeras rimas de Siracusa: un albañil que discute con una monja desde su andamio moviendo mucho las manos  y un gato que come restos pizza en un callejón. De camino al baño un camarero vestido al estilo clásico de los años veinte me ha dicho que soy la viva estampa de un mosquetero. “Ya somos dos” le he dicho yo aplaudiendo su bigote de chaplin…muy prometedora comienza Siracusa diría yo…

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17 julio (2)

Echamos la tarde en la playa más meridional de sicilia, que estaba llena de gente y que me recordó a una uña de pie encarnada: un arco dulce y sólido que colisiona con un pequeño macizo ofendido y rojizo. Instalamos con una rutina casi castrense el improvisado campamento y dejamos que la tarde de sol nos devore la piel. Horizontalidad y lectura, mar, brisa ligera y panorámicas que prometen África. Es imposible verla y sin embargo embriagado de tarde y solidaridad playera proyecto en mi mente un ponticello para que vengan los africanos aquí… y sobretodo para que puedan volver por la noche a casa si les da la gana…

Prosigue nuestra reposada vacación y disfruto con las muestras de cariño de nuestros queridos C+C en un mar verdísimo y fresco, ajenos al mundo. Se han atrevido incluso a atravesar a pie el istmo que une Sicilia con la minúscula Isola delle Correnti: travesura que nos narran mientras volvemos a casa en el astra.

Mucha arena hay ya en mi mochila y la mayoría de nuestras bromas se refieren a las anécdotas ya vividas en el periplo siciliano. La sensación de haber llegado aquí nos domina por completo e incluso imitamos su dialecto atrastrado y lánguido. Echo de menos mi Catania platónica tanto como mi Córdoba uterina.

 

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17 julio (1)

Despertamos tarde hoy en la pequeña villa al fondo de una calle del lido de Noto donde nos alojamos estos días. La  viviendita, de dos plantas y realzada más de dos metros con respecto al nivel de la calle, lo que le confiere unas vistas extraordinarias al mar, está adosada a otra. Esta última es un poco desafortunada en orientación y vistas pero está habitada intensamente por una familia cuyos miembros parecen ser profesionales del veraneo: su moreno es del color del papel de hornear, los son niños gritones y combativos (o respondones al menos) y sus tres comidas diarias en la terraza las despachan con interminables y banales sobremesas. Suelen terminar con polémica y carrera del padre, que corre como un cangrejo para zurrarle a los nenes. Es facil darse cuenta que esta familia veranean desde hace años aquí. Nuestra pequeña morada, por el contrario se nota ocasionalmente habitada y espartana en sus muebles, pero en cierto modo tiene el carácter de refugio discreto y sin pretensiones que habíamos deseado. Huele bien, hay sábanas limpias, ducha caliente y unas vistas de ensueño. Qué más cabe desear?

Nuestro adosado forma parte a su vez de una promoción de casitas contruídas hace quince años aproximadamente y al interior de cuyas verjas brilla verdísimo el cesped, regado puntualmente por los aspersores que liberan silbidos de agua al caer la noche. Cincuenta centímetros allende las tullas, la arena moldea graciosamente unas dunas que después de la fresca madrugada me apetecería ahora pisar mucho más que la hierba. El tema de estas casitas de vacaciones son sus terrazas orientadas al mar y que están cerradas delicadamente por barandillas de rejería ligera en forma de equis, como las butacas romanas. El pilar de esquina, situado casi en el centro de la terraza y que posibilita generosas ménsulas, le da una dimensión centrípeta (acogedora) e incluso arcaica al espacio, que es cúbico y sin duda el mejor de la casa.

En este lugar desayunamos esta mañana, después de que la fracción ibérica se acercara a comprar zumos, leche y algún pastelillo al mimimercado de la esquina. Ya habíamos dejado generosas sumas ayer a la pareja de hermanos que regentan el mercadito, que por cierto se llama “on the road” y hoy fuimos más selectivos en nuestras compras: a parte de lo mencionado nada de derroches, solo pan y un melón muy vistoso que elegimos tras cavilar un rato. La prima colazzione ha sido pausada pero muy organizada y centrada en planificar las visitas de hoy: Marzamemi y la zona de Pachino e Isola delle Correnti, la punta más meridional de Sicilia.

Dicho y hecho. Nos hemos montado en el coche y hemos recorrido muy tranquilamente los pocos kilómetros de distancia hasta Marzamemi. La superstrada dejaba a ambos lados y a una distancia de entre cien y quinientos metros los volúmenes sencillos de los edificios de explotación agrícola: tomates, vino, lechuga y también algún hotel rural, que en Italia se conocen como agriturismo. En el estupendo equipo de audio del Opel escuchamos la música francesa del USB que han preparado Clara y Ciaran para el viaje: suenan canciones de los años setenta cargadas de poesía que nos inspiran a todos, pues los acordes de la guitarra española son dulces, rubios y con recovecos como el paisaje que nos rodea. Unas voces jóvenes hablan de libertad, amor y justicia y son optimistas con el futuro sabiendo que todo lo malo terminará con el siglo veinte como mucho…Bendita ilusión!: hace cuatro días han muerto ochenta y cuatro personas atropelladas por un camión en Niza conducido por un fanático. Violencia humana, terrorismo cutre sin ideología alguna pero igualmente letal: sospecho que precisamente esa falta de ideal y organización de estos pobres desgraciados, iluminados de absurdo y muerte, hace a nuestro mundo de actual todavía más incomprensible, medieval y azaroso. Quién podría dar su vida voluntariamente a costa de un régimen que promete menos justicia, menos libertad y menos paz sino un loco?

Paseando por Marzamemi nos sorprenden la tranquilidad de su calle principal y el aspecto caribeño de su paseo marítimo. Decenas de almacenes portuarios abren su puertas de chapa repintada a la estrecha y larga calle que conduce de sur a norte al centro histórico. Bella estampa la de los pesados portones coloreados como los barcos, que contrasta con la quieta penumbra  de los volúmenes que se esconden tras ellos. En el interior hay bancas de madera con los manjares de la tierra y el mal y trás ellas otro portón abierto que deja paso a una rampa que se hunde en el mar. Los barcos y barcazas duermen bajo el sol, meciéndose mansamente o varados en la playa mientras nosotros los observamos.

Seguimos andando hasta llegar a la plaza principal, que es espaciosísima y está pavimentada de piedra blanca. Brilla tanto bajo el sol de mediodía que nos es dificil observar los hermosos edificios que la delimitan: todos volúmenes bajitos y bien definidos, pequeñas cubiertas a dos aguas de teja árabe, con deliciosas ventanitas horadando las fachadas (antiguas casas de pescadores). Se aprecia una enorme homogeneidad no solo volumétrica sino en el material, que es solo uno, el mismo del pavimento: la piedra arenisca del lugar. Incluso la iglesia se adscribe a este orden sucinto y su pequeño campanario solo se alza un par de metros por encima de la techumbre del templo. Remarcable en la plaza es la presencia del palacio de Villadorata, que ofrece una amplísima terraza y a través de cuyo arco de entrada se divisa un patio con higuerones centenarios. Debajo de una parra paramos a tomar un refrigerio y pedimos como americanos dos bebidas para cada uno: limonada y prosecco en mi caso, más limonadas y camparis para los demás. Callados y contemplativos, acariciados por la brisa, consumimos nuestras bebidas, haciendo dibujillos con la pajita en la espesa y grumosa limonada.

En Marzamemi (puerto pequeño en árabe) la vida puede ser maravillosa…

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16 julio (2)

Estamos en la playa, a unos doscientos metros al sur del hotel, lo suficientemente lejos de su aura cúbica y marrón. El cielo está de un grisaceo blanco y corre una brisa suave que peina las dunas, cuya vegetación rala se mueve como el bello de mi brazo, que ya está muy moreno de sol. En bronceado soy el campeón olímpico del viaje!

Encontramos afortunadamente una sombrilla en la casa y en torno a ella nos hemos hecho fuertes tras encontrar la posición más idonea en la playa. Qué bonita arquitectura del punto (la sombrilla es a la playa lo que la hogera al bosque), la humanidad nómada que coloniza el lugar solo provisionalmente, pero con las mejores intenciones de bienestar. Posiblemente lo único que me gusta de la playa es ese pequeño proyecto de arquitectura efímera, para el disfrute y protección solar durante tansólo unas horas. En este caso, el cielo casi encapotado de verano no la hace necesaria aunque su presencia me inspira, puesto que nuestro aguerrido grupo de mochilitas y bolsas se ha apilado silenciosamente junto al palo mayor (blanco como no podría ser de otra manera) sosteniéndolo en dura pose, como aquellos soldados americanos de la estatua de Iwo Jima.

Clara y Ciaran se bañan, Valentina va detrás y se mete al principio miedosa y luego “chof” de cabeza para adentro para reaparecer a los pocos segundos con la melena toda lisa y húmeda.  Les veo a lo lejos disfrutar: agua fresca de mar, verano. La desenvoltura y destrezas instintivas les hacen flotar, reir y nadar y con esa misma facilidad llegar a la felicidad. Yo me quedo en nuestro improvisado fuerte leyendo y mirando al horizonte marino e imaginando que pensarían los antiguos ante la inmensidad del mar. Luego me echo hacia atrás y cierro los ojos con el libro abierto apoyado en el pecho y las gafas de sol puestas y al cerrar los ojos solo hay brisa, viento laminado y bajo, gaseoso. Peleo con el sueño para disfrutarlo pero pierdo y me duermo y sueño en alemán durante un periodo indeterminado de tiempo.

Giulio, el novio de Anna (hermana de Valentina) nos ha dado recomendaciones de todo tipo para disfrutar de los locales del Lido de Noto y del pueblo de Noto en si. La casa donde nos quedaremos cuatro noches es de su familia y nos la ha ofrecido generosísimamente, amenazándonos con ofenderse gravemente si osamos intentar pagarle por ello. Haciéndole caso, vamos a ir esta noche a cenar a una pizzería de Noto que nos ha aconsejado: “Casa Matta”. Después de una ronda de duchas, aftersun y con las camisas blancas de sábado por la noche, abandonamos el Lido, atravesando de nuevo el arquillo de esta mañana en dirección contraria. Es justo el ocaso y los campos se van oscureciendo lentamente, las cigarras terminan su turno y el que vendía melones junto a la carretera esta mañana acaba de cerrar la furgoneta y espera con los brazos en jarra, fumando con hedonismo y observando los últimos destellos violaceos en el horizonte.

La carreterilla llena de curvas nos lleva en pocos minutos hasta Noto, donde aparcamos y hacemos tiempo paseando por sus concurridas calles. La lista de espera es de media hora como mínimo en Casa Matta. Como todas las ciudades cercanas a Catania, Noto fue arrasada por el terremoto de enero de 1693. Fue reconstruída no en su posición original, sino a la otra orilla del río Asinaro y por ello nada queda de la riquísima estratigrafía romana, árabe, normanda y española. El sismo dejó la ciudad en ruinas y con un cuarto menos de su población. Al otro lado del río, tabula rasa: retícula cuadrangular de calles en la colina que los talentosísimos arquitectos consiguen colmatar, haciendo de ella una obra maestra del barroco, patrimonio de la Unesco. Eso por supuesto hoy, para nuestro deleite. Qué pensarían aquellos que tenían su casa con balcones y rejería, con baños árabes y torreón gótico en la antigua Noto? se puede olvidar un lugar habitado por generaciones de una misma sangre o un patio en sombra con fuente donde se ha pasado la infancia?

La cena la disfrutamos como siempre con una animada conversación, vino y manjares. Nadie tomó pizza a pesar de ser el plato estrella del local. Mucho pescado e incluso erizos de mar desfilaron por la mesa. El restaurante estaba a reventar cuando llegamos e igual lo dejamos al marcharnos. No estuvo mal a pesar del caótico servicio. Volvimos a casa cansados y con ganas de cama. Felicísimos. El día había sido largo: viaje, maleteo, espera, playa… mañana más!

(Esa noche soñé que yo era de la Noto del primer settecento y volvía a media noche desde mi cabaña, con luz de luna a buscar mis cosas entre los escombros. Lloraba amargamente porque no sabía ni donde estaba mi casa, las calles habían desaparecido y ya habían crecido mil matojos encima de la ciudad destruída. Tenía las manos ensangrentadas de escarbar y una pena honda de chiflado me inundaba el corazón. No era el único sonámbulo de la noche en la vecchia Noto, algun lunático más a parte de mi intentava encontrar su cripta)

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16 julio (1)

Ayer, después de dejar sumamente recogido y ordenado nuestro piso “arabe” junto al mercado, nos largamos de Catania. Atrás dejamos nuestro barrio: un follón de coches, motos, gentes y olores que hieren la nariz a veces y otras la acarician. Al mismo tiempo este barrio, que representa el alma de una ciudad salvaje, es un patrimomio vivo de otras épocas y modos de hacer. Un materialismo autárquico y arcaico donde sin embargo se sabe dónde se vive, quién se es y donde el defecto se mira con menos interés que la belleza. La alegría y la pena se asemejan más de lo que parece y en esta ciudad encontré caras expertas en mutar entre ellas. También hay por aquí cerca dos Etnas hermanos: el pacífico y lunar y el brutal y humeante…

Cogemos la autopista hacia el sur camino al lido de Noto, donde nos quedaremos tres días en los que, con base en una casita junto a la playa, haremos algunas excursiones. Las adelfas son como un penacho rosa y blanco en la mediana de la autopista que nos sirve de guía infinita, cortando a cuchillo los pardoamarillos campos del sur de Sicilia.

Al bajar de la autopista nos internamos en un gracioso y variado entorno rural. Junto al trazado muy azaroso de la carreterilla se ven tapias de piedra blanca, que es como la tierra, blanquísima y que brilla ahora mas que nunca. Un polvillo fino filtra nuestra visión de los olivos y los cítricos que nos rodean. De cuando en cuando encontramos casas de labor muy humildes con techos de teja árabe antigua y oscura. La huerta bajo el sol se extiende verde a nuestro alrededor y nosotros como dentro de un escarabajo compacto e imparable nos vamos acercando a la costa.

Llegamos al lido de Noto atravesando el estrecho arquillo de piedra bajo las vias abandonadas. Lido: Sitio de playa, varios puñados de casas y un hotelón de los años sesenta bastante trasnochado aunque lleno hasta la bandera. El lienzo de tierra es ahora de arena y las reglas cambian: todo son tienda de flotadores y helados, bikinis, bañadores y figuras que pululan en cualquier dirección.

Como casi siempre, llegamos antes de la hora prevista y decidimos tomar algo en el bar del hotel bajo consentimiento expreso del jefe, ya que no somos clientes de la “struttura vacazionale”. Habiamos quedado con una señora que vendría a la una a entregarnos las llaves.

Entramos en el descolorido foyer que dejo paso a un bar todo pintado de azul (más fresquito, claro). La barra de acero inoxidable, alta como de las de las heladerías, ocultaba los pequeños cuerpos de dos camareras bastantes bobaliconas que se sorprendierón al saber que veníamos de Catania y nos aseguraron haber estado allí una vez hace años.

Tuve que tomarme una cerveza para soportar eso y el clima sobreoptimista y vacacional de los turistas que se divertían en la piscina del hotel. Niños gritones y madres histéricas incluídas.

 

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15 julio

Taormina es una ciudad a unos treinta kilómetros al norte de Catania encaramada a la abrupta topografía de las faldas del Etna, que en este punto se precipitan mar. De antiquísima fundación e imponente teatro griego, Taormina la recuerdo como una larguísima calle en cota constante de la que cuelgan callejones que bajan hasta la playa (cuyas aguas aquí son de un turquesa platónico). Miles de tiendas de souvenirs se apiñan en esta calle, numerosos restaurantes y de vez en cuando algún ecléctico palacio de estilo gótico normando con adiciones arabescas y portón de factura española…

Empezamos visitando el teatro griego que se distingue por estar en el punto más alto y destacado en un cabo, el más al norte de la localidad. La geometría perfecta de la grada contrasta (esto es invariable en todo el viaje) con la abrupta e irregular vereda por la que se accede: un camino de cabras hace de la visita un reto físico de montsñismo en chancletas.

Las vistas desde el teatro son alucinantes. Parecería una enorme y semicircular butaca enclavada en el espolón de roca y orientada hacia el sur.

La costa se recorta hacia el meridión con un mar de colores lapislázuli donde los barcos, como escarabajos lejanos, se desplazan a diferentes rumbos. Algunos están quietos junto a la playa y por su giro casual parecen haber sido colocados por un niño gigante. La ladera poblada del Etna está moteada de verdes y pardos y casi se distingue nuestra querida Catania allá a lo lejos. Los tupidos palmerales contrastan con el negro manto de la montaña, que poco más arriba al oeste se diluye en la niebla. Al norte el teatro acaba con un tajo a la roca poblado de estoicas chumberas que cae al pueblo quizas ochenta metros mas abajo. Al este una mirada de eternidad al mar infinito…

El teatro griego es un podio donde registrar el territorio y pasar de lo intenso y concreto de la tierra a la trascendencia de los vientos. La arquitectura y el lugar, que median lo terrenal, construyen el templo sin techo del arte dramático: ese que también y sobretodo nos sublima y hace volar nuestra alma. El arte que nos distingue de las fieras (también las humanas que vivirán siempre entre nosotros) y que me hace darme cuenta de la evidencia de que la civilización griega es nuestro origen como europeos. Fuertes, libres, justos y también sensibles para amar en extremo la belleza y promover las artes…

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